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El riesgo de gobernar desde el espejo

En política, los reflejos son peligrosos. Muchos gobiernos, al llegar a su quinto año, comienzan a mirarse demasiado en el espejo de sus propias narrativas, se rodean de elogios, se escuchan a sí mismos y, sin darse cuenta, empiezan a gobernar para su imagen, no para su tiempo.

El riesgo no está en la comunicación, sino en la autocomplacencia. Cuando el poder se administra desde la ilusión del reconocimiento, las decisiones dejan de ser estratégicas para convertirse en simbólicas. Los gobernantes dejan de hablarle a la historia y comienzan a hablarle a la sucesión.

México ha visto ese reflejo demasiadas veces. Gobernadores que apostaron todo a su candidato, líderes que confundieron promoción con legado y administraciones que, al final, fueron recordadas más por su desesperación que por su dirección. En Michoacán y otros Estados, los ciclos políticos han demostrado que quien se obsesiona con el espejo termina siendo prisionero de su propio reflejo.

Hoy, la verdadera disyuntiva no es entre continuar o cambiar, sino entre gobernar para la galería o para la historia. El poder, cuando no se ejerce con conciencia del tiempo, se agota en su propio aplauso, y en política, la falta de autocrítica es la antesala de la irrelevancia.

El liderazgo real no se mide en likes ni en lealtades efímeras, sino en decisiones que resisten el paso del tiempo. La pregunta debe de ser simple pero decisiva: ¿habrá en Michoacán quien se atreva a dejar de mirarse en el espejo y volver a mirar al estado?

INDICIO MICHOACÁN​​D.D.Ch.P

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