Durante décadas, la izquierda mexicana encontró en el ejército a uno de sus enemigos históricos. Desde Tlatelolco hasta Acteal, los soldados eran vistos como símbolo de represión, brazo armado del régimen, cómplices del autoritarismo. Las consignas eran claras: «Fuera el ejército de las calles», «No más militarización», «Democracia sí, cuartel no».
Hoy, esa misma “izquierda” transformada en gobierno no solo ha perdonado al ejército, sino que lo ha hecho protagonista.
La 4t ha entregado al poder militar más funciones que ningún otro gobierno desde la Revolución. Construyen aeropuertos, controlan aduanas, vigilan el metro, manejan empresas estatales y, ahora, podrán contender por cargos públicos. No es solo pragmatismo, es una decisión política. En lugar de fortalecer instituciones civiles, el oficialismo ha preferido confiar en la obediencia vertical de los uniformados.
Y lo más alarmante, gran parte de la verdadera izquierda institucional ha guardado silencio. Aquella que se decía heredera de luchas sociales, que juraba combatir el autoritarismo, hoy calla frente a desfiles, uniformes y cadenas de mando, aplaudiendo la disciplina que antes temían y abrazando a los generales que ayer repudiaban. Aún habemus muchas voces de quienes aún creemos que la democracia no se defiende con rifles ni con lealtades “castrenses”.
El ejército no pidió este protagonismo, se lo ofrecieron y llo aceptaron.
En nombre del “orden” y de una supuesta “eficiencia”, el gobierno ha militarizado casi cada rincón de la vida pública. No por necesidad, sino por cálculo político, ya que el soldado no reclama presupuesto, no cuestiona políticas públicas, no se sindicaliza, no contradice al Presidente.
Esta “izquierda” mexicana debería recordar que el poder militar, una vez desatado, no regresa fácilmente al cuartel. Pregúntenle a Chile, Argentina, a México mismo. Las Fuerzas Armadas no son un partido leal ni una facción confiable, son otra cosa. Y cuando se les convierte en actores políticos, la historia nunca termina bien.
Pero el silencio cómplice persiste. Como si vestir de guinda al uniforme bastara para civilizarlo, como si gobernar desde una supuesta izquierda fuera garantía de no traicionar los principios democráticos.





Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!