EL FUERO Y EL PODER

Las democracias modernas no nacieron de la buena voluntad del poder. Nacieron, más bien, de la necesidad de limitarlo.

Esa es quizá una de las grandes lecciones de la historia política occidental: cada derecho conquistado, cada contrapeso institucional y cada garantía parlamentaria surgieron después de entender que ningún poder, por legítimo que parezca en un momento determinado, permanece inmune a la tentación de excederse.

El fuero constitucional pertenece precisamente a esa tradición.

En México, la palabra suele pronunciarse con desconfianza. Se asocia al privilegio, al abuso o a la impunidad. El problema es que reducir el debate a esa lectura implica desconocer por completo el origen político y jurídico de una figura que ha sido fundamental en prácticamente todas las democracias constitucionales contemporáneas.

El fuero no nació para proteger a las personas, nació para proteger funciones.

Y la diferencia entre ambas cosas es enorme.

Su origen moderno puede rastrearse en el parlamentarismo inglés del siglo XVII, particularmente después de la Revolución Gloriosa de 1688 y del Bill of Rights de 1689, cuando el Parlamento logró establecer garantías mínimas frente a la Corona para impedir que el rey utilizara el aparato estatal como mecanismo de persecución política contra legisladores incómodos.

La lógica era profundamente política, pero también profundamente democrática: un representante popular no podía ejercer con libertad si cada voto, cada discurso o cada posición crítica implicaban el riesgo permanente de represalias desde el poder.

Ahí comenzó a construirse la inmunidad parlamentaria moderna.

Más tarde, el constitucionalismo francés retomó esa idea después de la Revolución de 1789, entendiendo que la representación política requería márgenes reales de independencia frente al Ejecutivo. Lo mismo ocurrió en Estados Unidos, donde la Constitución incorporó protecciones específicas para evitar que el presidente pudiera neutralizar opositores mediante procesos judiciales o presión institucional.

México heredó esa tradición.

La Constitución de 1857, influida tanto por el liberalismo clásico como por las tensiones permanentes entre centralismo y autoritarismo que marcaron el siglo XIX mexicano, entendió algo que sigue teniendo enorme vigencia: en países con poder presidencial fuerte, los contrapesos no sobreviven únicamente por voluntad política; necesitan protección jurídica explícita.

Por eso el fuero terminó incorporándose al sistema constitucional mexicano.

Como defensa institucional.

Resulta interesante que incluso figuras profundamente republicanas y anticentralistas como Benito Juárez entendieran la importancia de preservar equilibrios frente al poder. Juárez sabía (quizá mejor que muchos contemporáneos) que las instituciones se debilitan rápidamente cuando el aparato estatal se convierte en herramienta de persecución política. México tiene larga experiencia en eso.

La historia del régimen postrevolucionario está llena de episodios donde el poder utilizó ministerios públicos, fiscalías, tribunales y estructuras administrativas para disciplinar opositores, castigar disidencias o enviar mensajes políticos perfectamente calculados.

La judicialización de la política no es un fenómeno nuevo. Lo novedoso es la sofisticación con la que hoy puede ejercerse.

En América Latina existe incluso un término para describirlo: lawfare. El uso estratégico del aparato jurídico para erosionar adversarios políticos sin necesidad de recurrir a mecanismos abiertamente autoritarios. Brasil, Argentina, Ecuador y Perú han vivido intensos debates alrededor de esa práctica durante los últimos años.

México empieza a entrar peligrosamente en esa conversación.

El caso reciente de una Gobernadora de oposición volvió a colocar el tema en el centro del debate público. Y más allá de simpatías, antipatías o partidismo, el punto verdaderamente delicado se vuelve en qué tan vulnerables pueden volverse los contrapesos cuando el poder político encuentra condiciones para activar instituciones con lógica facciosa.

La discusión no es si una figura pública debe responder ante la ley (por supuesto que debe hacerlo), sino bajo qué condiciones, con qué garantías y bajo qué equilibrio institucional se ejerce esa capacidad del Estado.

Cuando la justicia pierde autonomía y comienza a mezclarse con objetivos políticos, deja de fortalecer la democracia, empieza a tensionarla.

Ahí es donde el debate sobre el fuero exige mucha más profundidad de la que normalmente recibe en la conversación pública mexicana. Resulta fácil pedir su desaparición desde la indignación inmediata; mucho más complejo es comprender que las democracias necesitan mecanismos para castigar abusos, sí, pero también herramientas para impedir que el poder aplaste oposiciones utilizando el peso completo del Estado.

«Todo poder tiende naturalmente a expandirse hasta encontrar límites» , Montesquieu lo advirtió hace siglos

El problema aparece cuando esos límites empiezan a desaparecer bajo aplausos momentáneos, y las democracias, cuando pierden contrapesos, rara vez se deterioran de golpe, normalmente se erosionan poco a poco, mientras la sociedad todavía cree que el poder sigue actuando únicamente contra los otros.

Hasta que un día descubre que ya no existe protección para nadie que decida incomodar.

Los Nervios del Poder

Cuando se siente sólido, transmite calma; cuando empieza a percibirse vulnerable, transmite nervios. Características del poder que rara vez se mencionan en público.

La política mexicana, particularmente en las últimas semanas, empezó a oler demasiado a nerviosismo.

No es solamente el caso de Rubén Rocha Moya. Tampoco son únicamente las versiones sobre investigaciones, listas o expedientes que circulan alrededor de gobernadore/as, operadores y figuras relevantes del poder en turno. El fondo del asunto se convierte en otro, y es en la sensación de que el control absoluto del tablero comienza a mostrar pequeñas fisuras.

Eso cambia por completo el ambiente político.

Los gobiernos fuertes normalmente imponen agenda, marcan ritmo y obligan a los demás a reaccionar, sin embargo cuando el poder empieza a dedicar demasiado tiempo a aclarar, contener, deslindar o desmentir, se empieza a modificar la percepción pública.

Y en política, percepción es poder.

Durante años, Morena construyó superioridad narrativa, algo que ningún partido había logrado desde hace mucho tiempo en México. Mientras la oposición discutía entre sí, el oficialismo consiguió instalar la idea de un movimiento cohesionado, dominante y políticamente inevitable.

Hoy esa imagen empieza a tensionarse.

No necesariamente por la oposición (que sigue sin encontrar una narrativa nacional clara), sino por el desgaste natural que produce el ejercicio prolongado del poder.

La historia política mexicana es bastante clara en eso; los proyectos comienzan a complicarse cuando dejan de administrar expectativas y empiezan a administrar contradicciones.

Ahí es donde aparecen los nervios.

En los silencios extremadamente calculados, en las “lealtades” que empiezan a matizarse, y desde luego en los grupos / tribus que comienzan a operar pensando más en el futuro que en el presente.

La política mexicana siempre ha tenido una enorme capacidad de anticipación. Los actores del sistema detectan rápido cuándo un liderazgo sigue creciendo y cuándo comienza a entrar en fase de desgaste. Por eso, muchas veces las fracturas internas no aparecen de golpe; primero se sienten en el ambiente.

Y el ambiente político hoy ya no transmite la misma estabilidad de hace algunos años.

Eso no significa que Morena haya perdido fuerza. Sería una lectura demasiado simple.

El oficialismo mantiene estructura, control institucional, presencia territorial y una capacidad de movilización que sigue siendo ampliamente superior a la de cualquier otra fuerza política.

Pero el poder no solamente se mide en votos, también se mide en certeza.

Y si un proyecto transmite seguridad, los aliados se acercan, cuando empieza a transmitir incertidumbre, los aliados comienzan a calcular. Así funciona la política aquí y en cualquier parte del mundo. Michoacán conoce bien ese fenómeno.

La elección de 2021 dejó susceptibilidades que nunca terminaron de sanar del todo. Quedaron cubiertas por la fuerza del momento político nacional, pero debajo de esa aparente estabilidad siguieron existiendo tensiones, grupos inconformes y actores esperando mejores condiciones para reposicionarse.

Los ciclos políticos suelen funcionar así. Si el poder sube, todos quieren estar cerca. Cuando aparecen dudas, cada quien empieza a revisar su margen de maniobra.

Y quizá ahí está la señal más interesante del momento actual, la política mexicana volvió a entrar en etapa de cálculo.

Ya no todo gira alrededor de expansión y triunfo; empieza a girar alrededor de resistencia, contención y supervivencia.

Eso tiene consecuencias.

Los gobiernos que entran en lógica defensiva suelen perder capacidad de iniciativa. Se vuelven más reactivos, más cuidadosos y, en ocasiones, más desconectados de la realidad cotidiana. La prioridad deja de ser construir futuro y pasa a ser administrar riesgos, visas o cuentas.

El problema es que los ciudadanos perciben rápido cuando un gobierno empieza a gobernar con cautela en lugar de gobernar con dirección. Si esa percepción se instala, el desgaste deja de ser mediático y se vuelve político.

¿Marca o resultados?

Hay Estados donde la política se explica por lealtades.


Michoacán no es uno de ellos.

Quien revise con calma los resultados electorales de las últimas décadas encontrará algo más interesante que una competencia entre partidos, encontrará un electorado que se mueve con relativa libertad, que cambia de opción sin demasiada nostalgia y que, llegado el momento, ajusta su decisión sin pedir permiso.

Esto no es un dato menor.

Durante años se ha intentado instalar la idea de ciclos cerrados, de momentos políticos definidos e incluso de cierta inevitabilidad en los resultados. La evidencia, sin embargo, sugiere que las  mayorías no se heredan, se construyen… y se pierden.

Más de una vez.

Eso obliga a leer con cuidado cualquier triunfo. No solo como punto de llegada, sino como fotografía de un momento específico, ya que las condiciones que lo hicieron posible no necesariamente son sostenibles.

El voto, en ese sentido, se parece más a un préstamo que a una propiedad.

Y en política,  los préstamos tienen fecha de revisión.

Hay otro elemento que empieza a notarse con mayor claridad e inercia, el peso de lo local. En medio de narrativas nacionales cada vez más marcadas, ciertos espacios siguen respondiendo a lógicas distintas, más cercanas, menos ideologizadas y en muchos casos, más exigentes con los resultados.

Ahí, la marca (partidista) importa menos de lo que algunos quisieran.
Los resultados, en cambio, pesan más de lo que se reconoce.

Esa combinación del electorado que no se casa con nadie y una valoración más puntual de la foto inmediata, reconfigura un día sí y al otro también el mapa político.
No de golpe, pero sí de manera constante.

Las lecturas simplistas suelen fallar en este tipo de contextos. Pensar que todo se explica desde un solo eje, desde una sola narrativa o desde una sola fuerza, termina dejando fuera fuerzas y escenarios que, en el momento decisivo, son determinantes.

Michoacán, con sus particularidades históricas, sigue siendo un terreno abierto.

Y se “premian” las lecturas finas, no las inercias.

Al final, la política no se trata solo de ganar una elección, sino de entender por qué se ganó… y cuánto de eso puede sostenerse.

Lo demás, como se ha visto más de una vez, cambia más rápido de lo que se admite en público.

CÓMO MUEREN LAS PLURALIDADES

 

Las pluralidades no desaparecen de un día para otro. No se rompen en un solo momento. Se van desgastando.

Primero se toleran menos las diferencias, luego se vuelven incómodas, después se empiezan a descalificar, y al final, se les reduce a ruido.

Así mueren.

No hace falta prohibirlas, no hace falta eliminarlas de golpe, basta con ir vaciándolas de sentido.

La pluralidad, en política, no es solo la existencia de muchas voces.

Es la capacidad real de que esas voces influyan, incomoden y modifiquen decisiones.

Cuando eso deja de pasar, la pluralidad se convierte en decorativa. Se mantiene en el discurso, pero desaparece en la práctica.

Hoy vemos ese proceso con claridad.

Se habla de apertura, pero se premia la alineación (o sumisión); se invoca el debate, pero se castiga la diferencia; se presume inclusión, pero se reduce el margen de decisión.

Poco a poco, sin hacer mucho ruido, la política empieza a cerrarse sobre sí misma.

Se vuelve más uniforme, más predecible, más controlada.

Y en ese proceso, algo se pierde, se pierde la capacidad de corregir, se pierde la riqueza de perspectivas y lo fundamental en política, se pierde la posibilidad de construir acuerdos reales.

La pluralidad no es un problema a administrar, es la herramienta para gobernar mejor. Cuando desaparece, lo que queda no es orden, es fragilidad.

Un sistema sin pluralidad puede parecer estable, pero lo es solo en apariencia.

No escucha, no corrige, y por ende, no se adapta.

Y tarde o temprano, eso se paga. (leerlo 3 veces)

Aquí hay un punto que vale la pena decir con claridad:

La pluralidad no se defiende sola, requiere voluntad política.

Requiere carácter y requiere aceptar que no todos piensan igual, y que eso no es una amenaza, es una condición.

Nuestra generación tiene que entenderlo.

No se trata de administrar diferencias para que no incomoden, si no se trata de incorporarlas para que fortalezcan.

Si la pluralidad se reduce a simulación, la política pierde profundidad.

Y si la política pierde profundidad, pierde sentido.

Las pluralidades no mueren de golpe. Mueren cuando dejan de importar.

CALLAR TAMBIEN ES DECIDIR

En política, no decir nada también es una decisión.

Y, siendo honestos, suele ser la más cómoda.

Mientras el País discute, se polariza y se mueve, hay quienes han optado por el bajo perfil; no confrontar, no incomodar, no arriesgar.

Parece prudencia, pero en realidad, es cálculo.

Porque en esto de la política, el que calla no siempre otorga… muchas veces administra.

El silencio también construye poder,sin reflectores y sin desgaste.

En un entorno donde todo mundo quiere fijar postura, quien guarda silencio no está fuera del juego, está jugando a no perder. (leer 2 veces)

A no equivocarse, a no meterse en problemas,a no definirse. (leer de nuevo)

Pero hay algo que no falla: el que no se define, ya se definió.

Un legislador sin postura, un dirigente que le saca a la discusión, un cuadro que prefiere pasar desapercibido… no son neutrales. Están apostando por la inercia.

Y en política, la inercia casi siempre favorece al que ya está arriba. Ese es el detalle.

El silencio no es vacío,es una forma de gobernar sin dar la cara.

Sirve para aguantar la tormenta, para no quemarse, para “llevarla tranquila”. Pero también va dejando huella, mientras, el debate se enfría, la representación se diluye y la gente se queda esperando algo que nunca llega.

Porque la política no es para esconderse. Es para tomar posición.

Cuando eso se pierde, ya no hay política. Hay cálculo.

Hoy sobran silencios. En partidos, en liderazgos, en espacios donde antes había discusión.

No es casualidad.

Se premia al que no se mueve, al que no se equivoca, al que no incomoda. Total, “más vale no meterse en problemas”, dicen algunos.

Pero ese juego tiene fecha de caducidad.

La gente puede perdonar errores. Lo que no perdona es que no estés.

Porque al final, como dice el dicho: el que no habla, Dios no lo oye… y en política, tampoco la gente.

Nuestra generación no puede jugar a eso.

No venimos a administrar silencios. Venimos a asumir posiciones.

El país no necesita más políticos que “la lleven tranquila”.
Necesita claridad y certeza.

En política, el que se queda callado también decide.

Y muchas veces, decide no dar el ancho.

97 AÑOS, EL DESAFÍO

El 4 de marzo no es una fecha cualquiera.

Son 97 años de historia política, de construcción institucional, de errores monumentales y de grandes decisiones que marcaron el rumbo del país. De hegemonía, de crisis y de reinvención.

El PRI no es solo un partido, es parte de la arquitectura política del Estado Mexicano. Negarlo sería desconocer la historia Nacional.

Pero cumplir 97 años no es motivo automático de celebración. Es una prueba.

llegar a esta edad, en las condiciones actuales, obliga a algo más que discursos conmemorativos. Obliga a una conversación, hasta cierto punto  incómoda.

El PRI nació para darle estabilidad a un país fragmentado. Supo articular regiones, ordenar la competencia política y construir instituciones cuando México necesitaba estructura. Su fortaleza estuvo en entender que el poder debía organizarse, no improvisarse.

Ese fue su momento fundacional.

Hoy el escenario es otro. La competencia es real, la ciudadanía es más exigente y el descrédito hacia la política es profundo. En ese contexto, el PRI enfrenta la pregunta más difícil: ¿qué significa existir en 2026?

No basta con apelar a la historia, no alcanza con la resistencia y no es suficiente con sobrevivir.

Un partido con 97 años tiene derecho a equivocarse, pero no tiene derecho a perder su sentido.Y aquí es donde la crítica no puede confundirse con traición. Señalar errores no debilita, fortalece. Callar por comodidad sí debilita.

El PRI ha cometido errores graves. Se desconectó del territorio, se burocratizó, dejó de escuchar y, en algunos momentos, confunde disciplina con silencio.

También ha cometido un error más reciente, resolver sus diferencias en público mientras exige disciplina en privado. Esa contradicción desgasta más que cualquier ataque externo.

Eso pasó. Y no sirve negarlo.

Pero también es cierto que el partido ha demostrado algo que pocos pueden presumir; capacidad de adaptación. Ha sido oposición, ha sido gobierno, ha sido árbitro y ha sido contendiente. Ha sabido reorganizarse cuando parecía derrotado.

La pregunta hoy no es si el PRI debe desaparecer o resistir. La pregunta es si está dispuesto a reencontrarse con su vocación.

Unidad no significa unanimidad, unidad no significa simulación, unidad no significa renunciar al debate interno. Unidad significa asumir que el adversario no está dentro.

Alejandro Moreno encabeza hoy la dirigencia nacional en un momento complejo. Y los momentos complejos no se resuelven con discursos cómodos, sino con decisiones estratégicas. El tamaño del reto no es personal; es histórico.

Nuestra generación no tiene derecho a administrar la nostalgia; tiene la obligación de reconstruir credibilidad. No se heredó un partido para conservarlo intacto, sino para hacerlo competitivo en un entorno que ya cambió.

A 97 años de su fundación, el PRI tiene una última gran oportunidad; decidir si quiere ser espectador del reacomodo político nacional o protagonista de su propia reconstrucción.

Pero esa reconstrucción no vendrá solo desde la dirigencia. Vendrá desde los estados, desde los comités municipales, desde la ciudadanía, y sobre todo desde la militancia que sigue creyendo que este partido puede ser una opción real.

El 4 de marzo no será solo una ceremonia, será un punto de inflexión.

Los partidos no mueren por los ataques externos, mueren cuando dejan de corregirse a tiempo.

A los 97 años, el PRI no necesita aplausos.Necesita carácter.

Y el carácter, en política, no se declama, se demuestra.

La historia ya está escrita. El futuro todavía exige decisiones.

El Estado que se encoge mientras el poder se expande

Una de las paradojas más inquietantes de la política contemporánea es: mientras el poder se concentra, el Estado se debilita. No es una contradicción, es un diseño. Gobiernos cada vez más fuertes conviven con instituciones cada vez más frágiles, incapaces de regular, contener o corregir.

Durante años se nos dijo que centralizar decisiones fortalecía al Estado. La realidad muestra lo contrario. Cuando el poder se acumula en pocos espacios y las instituciones pierden autonomía, capacidades técnicas y márgenes de decisión, el Estado no se vuelve más eficiente, se vuelve más pequeño.

Un Estado fuerte no es el que grita más, sino el que funciona mejor. El que planea, ejecuta, evalúa y corrige. El que tiene órganos capaces de decir “no”, tribunales que equilibran, autoridades que regulan y administraciones que no dependen del humor político del día. Cuando esas piezas se debilitan, el poder puede expandirse, pero lo hace sobre un terreno cada vez más inestable.

Lo que vemos hoy no es solo una disputa ideológica, sino un fenómeno estructural, la sustitución del Estado por el poder. La ley deja de ser una herramienta de organización colectiva y se convierte en un instrumento de control. Las instituciones dejan de ser espacios técnicos y se vuelven extensiones políticas.

El resultado es un Estado que existe en el papel, pero no en la capacidad real de resolver problemas.

Esto tiene consecuencias concretas. Un Estado encogido no puede garantizar seguridad, justicia ni desarrollo sostenido. Puede imponer decisiones, pero no implementarlas correctamente. Puede anunciar políticas, pero no sostenerlas en el tiempo. Puede concentrar autoridad, pero pierde gobernabilidad.

Curiosamente, mientras más se expande el poder, más dependiente se vuelve de la improvisación, de la narrativa y del control político. Sin instituciones sólidas que absorban conflictos, el sistema se vuelve frágil. Y cuando el poder enfrenta una crisis (económica, social o de seguridad) ya no tiene “amortiguadores”. Todo recae en una sola figura, en un solo discurso y en una sola decisión.

La discusión pública suele confundirse, se cree que defender al Estado es defender al gobierno. No es así.

Defender al Estado es defender instituciones que sobrevivan a los gobiernos. Es proteger reglas, capacidades y contrapesos que no dependan de quién esté en el Poder, sino de para qué existe el poder.

Un país con poder concentrado y Estado débil no es más fuerte. Es más vulnerable. Vulnerable a la arbitrariedad, a la ineficacia y al desgaste acelerado. La historia demuestra que los Estados no colapsan cuando pierden autoridad, sino cuando pierden capacidad.

El reto no es reducir el poder, sino ensanchar el Estado. Volverlo técnico, autónomo, profesional y resistente al vaivén político.

Porque cuando el poder crece sin Estado, lo que se gobierna no es una nación, es una coyuntura permanente.

Y las coyunturas, tarde o temprano, se agotan.

¿COMO NO IRSE?

Hay momentos en la historia de los países en los que la pregunta deja de ser quién gobierna y pasa a ser si todavía existe forma de cambiar al gobierno. Cuando esa frontera se cruza, la democracia no muere de golpe, se vacía. Se convierte en una simulación.

Venezuela no solamente cayó en dictadura con tanques en la calle ni con la cancelación inmediata de elecciones. Cayó con reformas “legales”, con mayorías legislativas disciplinadas, con tribunales alineados y con órganos electorales gradualmente domesticados. El poder no se tomó por asalto, se administró hasta no soltarlo jamás.

Ese es el punto que muchos prefieren no mirar. Las democracias modernas no se destruyen prohibiendo votar, sino neutralizando la posibilidad real de alternancia. Cuando el árbitro deja de ser árbitro, cuando los jueces dejan de ser contrapeso y cuando los órganos autónomos se vuelven extensiones del Ejecutivo, el voto sigue existiendo, pero ya no decide.

En ese contexto surge una pregunta incómoda, cada vez más frecuente entre profesionistas, juventudes, sector empresarial, academia y personas políticas: ¿cómo no irse?


No irse del país, no irse de la vida pública, no irse de la discusión, no irse del compromiso cívico.

Porque irse es la salida fácil.
Irse es comprensible, pero también es costoso.
Cada persona que se retira deja un espacio que el poder ocupa sin resistencia.

México no es Venezuela. Aún no.
Pero las similitudes estructurales existen y negarlas es irresponsable: intentos de captura del sistema electoral, presiones sobre el Poder Judicial, debilitamiento de organismos autónomos y una narrativa persistente que presenta a cualquier contrapeso como enemigo del “pueblo”.

La democracia no se pierde el día que se elimina una institución, sino el día que dejamos de defender su autonomía por cansancio, miedo o conveniencia, y cuando eso ocurre, ya no hay rutas legales claras para corregir el rumbo, solo queda administrar la resignación.

Por eso la pregunta correcta no es si el país “aguanta”.
La pregunta es quién está dispuesto a no irse cuando defender la democracia deja de ser cómodo.

No irse significa incomodar.
No irse significa documentar, señalar, organizar, litigar y participar.
No irse significa entender que la democracia no es un regalo permanente, sino un equilibrio frágil que requiere ciudadanía activa, no espectadores indignados.

Las dictaduras no se consolidan solo por la ambición de quienes gobiernan, sino por el retiro silencioso de quienes podrían haber puesto límites.

Y cuando el día llega en que ya no hay cómo sacarlos del poder, siempre hay una frase que se repite tarde:
“No creímos que fuera a pasar.”

La historia demuestra que sí pasa.
La pregunta es si esta vez estaremos dispuestos a no irnos antes.

Gracias amable lector por leer otro año el análisis, propuesta, crítica y visión de este analista, México es tarea de todas y todos.

El manual para el 2027

En Michoacán solemos discutir las elecciones como si fueran fotografías, instantes congelados, triunfos momentáneos, derrotas circunstanciales. Pero el 2021 no fue solo una foto, fue un manual. Uno peligroso, repetible, silencioso y vigente.

Lo que ocurrió en esa elección (la intervención externa, la anulación de votos en municipios completos, las regiones donde la política dejó de ser política) no fue un episodio aislado, fue el aviso de cómo pueden construirse, condicionarse y romperse las contiendas futuras.
Y el problema es que nadie quiere decirlo en voz alta.

Las resoluciones de la Sala Superior en 2021 no solo invalidaron casillas:
invalidaron la ficción de que las elecciones en Michoacán sucedieran sin presión criminal.
La democracia quedó en entredicho, pero las autoridades siguieron narrando “normalidad”.

El costo lo vemos hoy, un Michoacán con territorios gobernados por el miedo, alcaldes silenciados, policías rebasados, y comunidades que no distinguen dónde termina el poder formal y dónde empieza el real.
La fractura electoral del 2021 mutó en fractura territorial en 2023 y fractura social en 2024.

Y aquí viene la parte que incomoda, 2027 viene con los mismos actores, las mismas condiciones, y un estado más debilitado que hace cuatro años.

Si nadie corrige, si nadie revisa, si nadie se planta frente al modelo que se impuso en 2021, el próximo proceso electoral ya está escrito.
Y no lo van a escribir los partidos.

Se equivocan los que creen que la pregunta es “quién va a ganar”.
La pregunta es quién va a definir las reglas, las rutas, los silencios, los territorios y los límites.
Si será la ciudadanía o serán los mismos que en 2021 demostraron que podían inclinar la balanza sin aparecer en una boleta.

A Michoacán no lo está matando el crimen organizado, lo está matando la normalización del crimen organizado.
Esa fue la herencia silenciosa de 2021 y es la amenaza real de 2027.

Si no queremos repetir la historia, alguien tiene que romper el manual.
Y no lo harán quienes se beneficiaron de él.

Leyes, Justicia y Ciencia por Diego D. Chávez

Los cambios legales en México parecen no tener fin. Reformas judiciales aprobadas al vapor, modificaciones constitucionales que se anuncian más rápido de lo que se discuten y políticas públicas que llegan tarde o simplemente no llegan. En medio de este panorama, la pregunta es inevitable, ¿Quién vela porque la ley no se quede en papel?

La respuesta es clara, los profesionistas, colegios y barras de abogados. Son los que traducen la letra de la ley en práctica, los que exigen a los gobiernos que las reformas tengan dientes y los que pueden denunciar, con autoridad técnica, los abusos y omisiones. En Michoacán, esta responsabilidad cobra una nueva dimensión con la renovación del Colegio de Abogados del Estado, que este jueves 25 de septiembre celebrará su toma de protesta en la histórica Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH.

El nuevo presidente, el Maestro Diego Romeo Chávez Hernández, no es un improvisado. Doctorante y Maestro en Políticas Públicas, licenciado en Derecho, abogado y funcionario Federal y Estatal con más de 28 años de experiencia en la administración pública, combina la técnica con lo político. Conoce las leyes, pero también los engranes del poder, y ese equilibrio será clave en un contexto donde la política muchas veces avanza más rápido que la norma.

El reto del Colegio bajo su liderazgo no será organizar foros ni acumular pronunciamientos, sino convertirse en actor real de la vida pública. Instalar observatorios de cumplimiento de sentencias, promover clínicas jurídicas para acompañar casos emblemáticos y presentar propuestas técnicas en cada reforma legislativa que se discuta.

En Michoacán, donde los vacíos legales son parte de la rutina, un Colegio fuerte puede convertirse en ese contrapeso que muchos preferirían ausente. Pero incómodo o no, es necesario. Porque en un país donde la política improvisa, la abogacía debe recordar lo esencial, sin aplicación real de la ley, no existe Estado de Derecho, existe simulación.