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Interregno Mexicano

Hay épocas que se explican por sus gobiernos, otras por sus crisis, la nuestra, sospecho, terminará recordándose por una sola palabra: incertidumbre.

Durante décadas, México vivió bajo una certeza casi absoluta, el poder cambiaba de manos, pero las reglas permanecían. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Las reglas parecen moverse todos los días y esa incertidumbre comienza a convertirse en el verdadero protagonista de la política nacional.

El Italiano Antonio Gramsci escribió, desde una prisión fascista, una frase que el tiempo convirtió en una advertencia universal: «La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer.» En ese intervalo aparecen los fenómenos más complejos de la vida política.

México parece haber entrado en ese interregno.

El viejo presidencialismo ya no opera con la disciplina que caracterizó buena parte del siglo XX. El nuevo régimen todavía busca consolidar reglas propias, los partidos tradicionales intentan redefinirse, mientras el partido gobernante enfrenta el desafío que toda fuerza dominante termina enfrentando, administrar el poder suele ser mucho más complicado que conquistarlo.

Huntington comprendió algo que la política nos ha confirmado, las instituciones no suelen colapsar cuando son débiles, sino cuando dejan de responder a una sociedad que cambió antes que ellas.

Quizá esa idea explique buena parte del momento que vive el país. Basta observar el comportamiento de los actores políticos.

Los gobernadores fortalecen agendas propias, los alcaldes comienzan a adquirir una relevancia inédita, el Congreso recupera espacios de negociación, los partidos hablan cada vez más de alianzas antes impensables. Incluso factores externos, particularmente la relación con Estados Unidos, empiezan a influir con mayor intensidad en decisiones que antes pertenecían exclusivamente a la política interna.

Esos son los síntomas de una reconfiguración.

La incertidumbre cambia el comportamiento de todos, los liderazgos se vuelven prudentes, las lealtades dejan de asumirse eternas, los proyectos personales comienzan a pesar tanto como los colectivos, la disciplina pierde terreno frente al cálculo político. Así se comporta todo sistema político cuando entra en una etapa de transición..

Giovanni Sartori advertía que los sistemas de partidos nunca permanecen inmóviles. Cambian cuando cambia la sociedad, cuando cambian los incentivos o cuando el poder deja de distribuirse de la misma manera. México parece reunir hoy las tres condiciones.

Por eso resulta insuficiente interpretar cada diferencia interna, cada alianza inesperada o cada desencuentro institucional como un episodio aislado. La política rara vez se mueve por acontecimientos individuales, se mueve por procesos.

Y los procesos suelen ser cautelosos.

Mientras buena parte de la conversación pública continúa atrapada en la confrontación cotidiana, debajo del debate comienza a reorganizarse la forma en que se construirá el poder durante los próximos años.

No sabemos todavía cuál será el nuevo equilibrio político del país.

Lo que sí sabemos es que el anterior dejó de ser suficiente para explicar lo que estamos viendo.

La política nunca le ha tenido miedo al conflicto, el conflicto, al final, tiene reglas. Lo que verdaderamente inquieta al poder es la incertidumbre, porque obliga a construir un nuevo orden mientras el anterior termina de desaparecer.

Quizá dentro de algunos años descubramos que la verdadera transformación no consistió en quién gobernó México, sino en la lenta reorganización del poder que comenzó a ocurrir mientras todos discutían la coyuntura.

Diego Chávez

Diego Chávez

El autor cuenta con estudios jurídicos con experticia en asesoría Legislativa Parlamentaria, es Consultor en imagen pública – política y analista para diferentes medios.

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