Mientras buena parte del debate público se concentra en las elecciones, las reformas y las disputas políticas del momento, una transformación silenciosa está modificando el equilibrio económico y estratégico del planeta. No ocurre únicamente en las fronteras terrestres ni en los grandes centros financieros. Ocurre sobre —y debajo— de los océanos.
Durante siglos, el poder de las naciones se relacionó con la extensión de sus territorios. Después, la Revolución Industrial convirtió la capacidad productiva y tecnológica en una fuente determinante de riqueza. Hoy, el siglo XXI incorpora nuevamente al mar como uno de los principales espacios de competencia económica, tecnológica y geopolítica.
Los datos permiten comprender su importancia. Más del 80% del comercio internacional de mercancías por volumen se transporta por vía marítima. Al mismo tiempo, más del 99% del intercambio internacional de datos circula mediante cables submarinos. Una transferencia bancaria, una operación bursátil, un servicio en la nube o una conversación entre continentes dependen, en buena medida, de una infraestructura invisible instalada en el fondo de los océanos.
El mar ya no es solamente una vía para movilizar mercancías. También alberga infraestructura digital, recursos energéticos, reservas pesqueras y minerales estratégicos necesarios para fabricar baterías, equipos electrónicos y tecnologías de nueva generación. Su seguridad y funcionamiento inciden directamente en la estabilidad económica de los países.
A finales del siglo XIX, el estratega naval Alfred Thayer Mahan sostuvo que las naciones capaces de controlar las rutas marítimas tendrían una ventaja decisiva en el comercio y en la distribución del poder mundial. Su planteamiento vuelve a ser relevante, aunque con una dimensión distinta. Hoy no se trata únicamente de buques y rutas comerciales, sino también de datos, energía, cadenas de suministro e infraestructura crítica.
En este escenario, el océano Pacífico adquiere una importancia creciente. En sus rutas convergen algunas de las economías más dinámicas del planeta y buena parte de la competencia comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China. También se encuentran ahí las conexiones que vinculan a Asia con América del Norte, región en la que México ocupa una posición privilegiada.
Sin embargo, durante décadas nuestro país se ha pensado principalmente desde su frontera terrestre con Estados Unidos. Esa relación es fundamental, pero no debe impedirnos reconocer otra realidad: México también es una nación marítima.
El país cuenta con 11,122 kilómetros de litoral continental y una zona económica exclusiva que supera los tres millones de kilómetros cuadrados. Tiene acceso al Pacífico, al Golfo de México y al mar Caribe, además de puertos que pueden integrarlo con los principales corredores comerciales del mundo.
Desde esa perspectiva, el Puerto de Lázaro Cárdenas deja de ser solamente una infraestructura regional. Su ubicación frente al Pacífico, su profundidad natural y su conexión con el mercado norteamericano lo convierten en un activo estratégico para México y en una de las mayores ventajas competitivas de Michoacán.
Su relevancia puede aumentar ante la reorganización de las cadenas de suministro, la integración económica de América del Norte y la búsqueda de rutas logísticas más seguras y eficientes. Pero contar con un gran puerto no garantiza, por sí mismo, el desarrollo.
La geografía solo se transforma en prosperidad cuando está acompañada de seguridad, certeza jurídica, conectividad carretera y ferroviaria, energía suficiente, talento humano e instituciones capaces de sostener una visión de largo plazo. De lo contrario, las ventajas naturales permanecen como posibilidades que nunca terminan de convertirse en oportunidades.
Michoacán tiene frente a sí una decisión estratégica. Puede mirar a Lázaro Cárdenas únicamente como un punto de entrada y salida de mercancías o entenderlo como el centro de una plataforma logística, industrial y tecnológica capaz de generar inversión y mejores empleos en distintas regiones del estado.
Si el siglo XIX estuvo marcado por el territorio y el XX por la expansión industrial, es posible que el XXI sea recordado también como el siglo del mar.No porque la tierra haya perdido importancia, sino porque los océanos concentran cada vez más las rutas, las comunicaciones y los recursos que sostienen la economía mundial.
México no necesita descubrir el mar. Necesita comprender su verdadero valor estratégico. Y Michoacán no necesita imaginar dónde se encuentra una de sus mayores oportunidades de futuro: la tiene frente a sus costas.
El reto consiste en dejar de mirarla desde la distancia y comenzar a construir las condiciones necesarias para aprovecharla.
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