No fue casualidad: Por qué Sacramento eligió a Morelia

La política exterior no es una facultad municipal. Pero la cercanía sí lo es. Y en un momento histórico donde el mundo parece reorganizarse desde la desconfianza, donde el discurso público se ha polarizado y donde los muros vuelven a ser metáfora y amenaza, Morelia y Sacramento han decidido hacer lo contrario: construir un puente.

La firma del hermanamiento entre ambas capitales no es un gesto protocolario ni una fotografía institucional. Es una decisión estratégica en el momento correcto. Porque las ciudades no solo se hermanan por geografía. Se hermanan por gente. Y entre Morelia y Sacramento, ese vínculo lleva décadas existiendo, sostenido por miles de historias migrantes que han construido comunidad, economía y cultura en ambos lados de la frontera.

Sacramento no es una ciudad menor. Es la capital del estado de California, uno de los centros políticos más influyentes de Estados Unidos. Y California no es un estado cualquiera. Si fuera un país independiente, sería la quinta economía más grande del mundo, con un Producto Interno Bruto superior a los 3.7 billones de dólares. Desde ahí se toman decisiones que impactan la economía global, la política pública migratoria, el desarrollo tecnológico y la agenda cultural de una de las regiones más dinámicas del planeta.

Y en ese centro de poder, vive nuestra gente.

California alberga a más de 11 millones de personas de origen mexicano. Dentro de esa comunidad, los michoacanos representan uno de los grupos más numerosos y con mayor presencia histórica. Son trabajadores, empresarios, funcionarios, artistas, académicos. Son primera generación, pero también segunda y tercera generación que ya no solo migraron para sobrevivir, sino que crecieron para liderar.

Ese es el verdadero significado de este hermanamiento. Morelia no se acerca únicamente a una ciudad. Se acerca a su propia extensión.

La presencia en Morelia del Alcalde de Sacramento, Kevin McCarty, de la Vicealcaldesa Karina Talamantes y del Mayor Pro Tem Eric Guerra confirma la seriedad de esta relación. No se trata de funcionarios simbólicos. Se trata del liderazgo político que gobierna la capital de California. Su presencia representa algo más profundo: el reconocimiento institucional de una comunidad que ya existía, pero que ahora entra formalmente a una agenda de cooperación.

Detrás de este momento hay un equipo que ha entendido el valor histórico de esta conexión. Funcionarios como Domingo, Cinthya, Paola y Emilio, desde el City Hall de Sacramento, han contribuido de manera decisiva a construir una relación basada en colaboración real, no en simbolismo. Su trabajo es el ejemplo de que las relaciones entre ciudades se construyen desde la voluntad política, pero se consolidan desde el trabajo técnico.

Pero quizá uno de los símbolos más poderosos de este hermanamiento es la presencia de Agustín Arteaga, moreliano y actual Director del Crocker Art Museum de Sacramento, una de las instituciones culturales más importantes del oeste de Estados Unidos. Su liderazgo al frente de este museo no es un gesto anecdótico. Es la prueba concreta de lo que representa la migración cuando se convierte en integración. Es un moreliano dirigiendo una institución cultural central en la capital de California. Es identidad convertida en institución. Es migración convertida en liderazgo.

Ese mismo proceso se refleja en empresarios como Ernesto Delgado, restaurantero michoacano que ha construido una historia de éxito en California, generando empleo, identidad y comunidad. Son ejemplos que confirman algo que a veces en México se subestima: el migrante no solo trabaja. El migrante construye.

Y mientras allá construyen, aquí sostienen.

En 2024, Michoacán recibió más de 5,600 millones de dólares en remesas, colocándose entre los primeros lugares nacionales. Ese flujo económico no es menor. Representa estabilidad familiar, consumo, inversión local y desarrollo regional. Pero el impacto del migrante hoy va más allá del dinero. Es capital social. Es capital humano. Es capital institucional. Es capacidad de conectar territorios, economías y culturas.

Por eso, el liderazgo del Presidente Municipal Alfonso Martínez Alcázar debe entenderse en su dimensión correcta. Este hermanamiento no es una firma administrativa. Es una decisión de largo alcance. Es reconocer que el desarrollo de Morelia no puede pensarse únicamente desde su territorio físico, sino desde su territorio social, que hoy se extiende hasta California.

En un contexto global marcado por la polarización, donde el lenguaje político insiste en dividir, este hermanamiento representa una afirmación distinta: que el futuro se construye desde la cooperación, no desde el aislamiento.

Y hay al menos tres lecciones que este momento nos deja.

La primera es que la migración no es una pérdida territorial. Es una expansión institucional. Cuando un moreliano dirige un museo en Sacramento, cuando un michoacano construye una empresa allá, cuando una comunidad sostiene una economía aquí, la ciudad no se fragmenta. Se amplía.

La segunda es que la diplomacia municipal, aunque no sustituye la política exterior del Estado, sí cumple una función estratégica: acerca gobiernos a su gente. Los municipios no negocian tratados internacionales, pero sí construyen relaciones que impactan directamente la vida de sus ciudadanos.

La tercera es que el desarrollo moderno depende de las conexiones. En un mundo interdependiente, las ciudades que avanzan no son las que se encierran, sino las que construyen redes, alianzas y cooperación institucional.

Lo ocurrido entre Morelia y Sacramento debe entenderse desde esa dimensión. No es una ceremonia. Es la formalización de una realidad social, económica y cultural que lleva décadas existiendo. Es el reconocimiento de que nuestra gente no está afuera. Está allá, pero sigue siendo parte de aquí. Es la confirmación de que una ciudad no se define solo por su territorio, sino por el alcance de su comunidad.

Porque al final, los municipios no hacen política exterior. Pero cuando entienden a su gente, cuando reconocen su historia migrante y cuando construyen relaciones con inteligencia, logran algo más poderoso que cualquier tratado: construyen cercanía. Y en un momento donde el mundo insiste en levantar muros, Morelia y Sacramento han decidido hacer algo distinto. Han decidido construir un puente.

 

CUANDO EL SUPER BOWL HABLÓ EN ESPAÑOL

Anoche el Super Bowl no fue solo fútbol americano. Fue, otra vez, el espejo más nítido de lo que Estados Unidos es —y de lo que a veces finge no ser— cuando se encienden las luces del escenario más visto del planeta. El medio tiempo de Bad Bunny convirtió minutos de espectáculo en una declaración cultural con implicaciones políticas: un show mayoritariamente en español, cargado de símbolos, oficios y orgullo latino, frente a una audiencia cercana a los 128 millones de personas.

Que un artista latino encabezara por primera vez ese espacio no es una anécdota. Es un termómetro. Y para Michoacán, también es un mensaje directo: la comunidad migrante —incluida la michoacana— ya no vive al margen del relato estadounidense. Lo escribe, lo produce, lo vende, lo baila y lo cobra.

Durante años, la industria permitió lo latino siempre que cupiera como invitado, como adorno o como “momento controlado”. Esta vez el idioma no pidió permiso: tomó el centro. Y cuando el idioma ocupa el centro, también ocupa la conversación sobre quién pertenece, quién manda y quién define lo “americano”.

El momento más revelador del espectáculo no fue el glamour, sino la calle. Mientras sonaba Tití me preguntó, el relato se desplazó al trabajo: al vendedor, al obrero, al comerciante, al que sostiene ciudades con manos y espalda. Electricistas, albañiles, oficios reales. La coreografía no solo bailó; retrató. En un país donde el latino es indispensable pero con frecuencia tratado como prescindible, colocar el trabajo migrante como protagonista, en cadena nacional, fue un acto de dignidad pública.

Y ahí apareció Michoacán con un símbolo perfecto: el taco.

Un puesto que millones vieron en segundos, pero que para quien entiende la migración representa años de historia: Villa’s Tacos, de Víctor Villa, emprendedor con raíces michoacanas radicado en Los Ángeles. No fue un guiño simpático. Fue una cápsula de realidad: un michoacano convertido en marca, empleo, economía local y cultura exportable. El mensaje fue claro: el migrante no solo llega; construye ciudad.

Ese puesto resume la migración en su versión más completa: identidad, trabajo, empresa y pertenencia. El taco no es solo comida: es lengua, barrio, memoria y economía. Y también un recordatorio incómodo para México: el migrante ya no es únicamente “el que manda remesas”. Es el que crea valor allá… y también acá.

Y si vamos a hablar en serio, hay que hablar de números.

Estados Unidos tiene hoy cerca de 68 millones de personas latinas. De ellas, alrededor de 40 millones son de origen mexicano. Esto no es una minoría cultural: es una potencia demográfica que sostiene mercados enteros, desde alimentos y vivienda hasta entretenimiento y fuerza laboral. No es casualidad que el Super Bowl, el altar del mainstream estadounidense, esté desplazándose hacia ese centro de gravedad.

Esa potencia también es económica. La economía latina en Estados Unidos ronda los 4.1 billones de dólares y ha sido uno de los motores más dinámicos del crecimiento del país. Visto así, el medio tiempo no fue una concesión cultural, sino el reconocimiento tardío de una realidad económica. Nadie coloca el evento más caro del año frente a un mercado irrelevante.

Aterrizando en Michoacán, el dato es aún más contundente. Millones de michoacanos viven en Estados Unidos y mantienen un vínculo económico constante con su tierra. Tan solo en 2024, Michoacán recibió alrededor de 5,646 millones de dólares en remesas, una cifra equivalente a más del 11% del Producto Interno Bruto estatal. Con ese tamaño, la remesa deja de ser apoyo familiar y se convierte en estructura: consumo, educación, vivienda y estabilidad financiera para miles de hogares.

Por eso lo ocurrido anoche importa. Porque el Super Bowl es un megáfono cultural: lo que entra ahí entra al imaginario colectivo. Y esta vez entraron tres mensajes que Michoacán debe entender con claridad.

Primero, la cultura migrante ya no es secundaria: dicta tendencias. El español, el spanglish, los códigos barriales, la estética y los sabores dejaron de ser nicho para convertirse en producto masivo, con impacto directo en industrias creativas y mercados.

Segundo, la visibilidad del trabajo migrante cambió de tono. No solo se celebró al artista, sino al ecosistema de gente que hace funcionar al país: quien construye, limpia, cocina, repara, maneja y emprende. En un clima político polarizado, ese mensaje es profundamente político.

Tercero, la migración ya no es solo de primera generación. Es segunda y tercera generación con universidad, empresas, ciudadanía y voz pública. Para Michoacán, esto significa algo enorme: su diáspora ya no solo puede apoyar, puede cogobernar ideas, atraer inversión, conectar universidades y proyectar al estado internacionalmente.

Y aquí viene la incomodidad política. Michoacán suele recordar a sus migrantes en el discurso, pero no siempre en las decisiones. Se les llama héroes cuando conviene, pero rara vez se les integra con seriedad a la planeación pública, económica y cultural. La paradoja es evidente: el estado se sostiene en parte gracias a su gente en el exterior, pero a esa gente se le sigue tratando como si fuera un capítulo aparte.

Anoche, el Super Bowl hizo lo que la política muchas veces no se atreve: mostró que lo latino no es un “tema”, es una realidad total. Está en el idioma, en la música, en la comida, en el trabajo y en el negocio más grande del entretenimiento estadounidense.

Y si alguien duda de por qué esto debería importarle a Michoacán, basta ver la escena completa: un show en español, los oficios del trabajador latino, una taquería con dueño michoacano en el campo y millones aplaudiendo. Eso no es moda. Es un cambio de era.

La pregunta no es si la comunidad migrante tiene poder. Lo tiene. La pregunta es si Michoacán va a estar a la altura de su propia gente. Porque mientras allá se suben al escenario más grande, acá todavía hay quienes los ven como “los que se fueron, los que no votan aquí”. No: son los que regresan todos los días, en dólares, ideas, cultura, empresa y futuro.

Anoche hubo fútbol. Pero también hubo un mensaje claro: cuando un pueblo migra, no desaparece. Se expande. Y cuando se expande, o lo integras a tu proyecto político y de desarrollo… o lo ves construir el mundo sin ti.

De la redada al desfile: la dignidad mexicana no se detiene

La decisión más reciente de la Corte Suprema de los Estados Unidos reactivó las redadas móviles en Los Ángeles, permitiendo a agentes federales detener a personas simplemente por su apariencia, idioma o tipo de empleo, sin necesidad de una sospecha razonable. En un fallo de seis contra tres, la mayoría conservadora levantó las restricciones judiciales previas e hizo posible que el perfil racial vuelva a ser argumento para detener a alguien en la vía pública. La jueza Sonia Sotomayor, junto con Kagan y Brown Jackson, señaló que esta medida constituye una violación flagrante a la Cuarta Enmienda y que en adelante ciudadanos y residentes podrán ser acosados por su origen étnico o por hablar español con acento. Organizaciones como la ACLU advirtieron que el fallo es “peligroso” porque impone un régimen de “papers-please” para quienes parezcan latinos, y UnidosUS sostuvo que la decisión erosiona la confianza ciudadana y normaliza la discriminación.

El contexto no es menor. Tan solo en 2024 se realizaron más de 142,000 detenciones migratorias en Estados Unidos, y el operativo más reciente de ICE en Texas detuvo a 822 personas en una sola semana, la mayoría con antecedentes. En California, donde vive casi el 27 % de su población de origen inmigrante (10.5 millones de personas), más de 4 millones son mexicanos. Con este fallo, millones de personas que sostienen la economía local y nacional quedan a merced de un criterio tan frágil como la apariencia. Naciones Unidas, a través del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, es clara: “nadie será sometido a detención o prisión arbitraria”. Lo que dicta la Corte Suprema va en sentido opuesto a lo que el derecho internacional establece como principios básicos.

México no puede permanecer en silencio. En 2024, nuestro país recibió más de 63,000 millones de dólares en remesas, y Michoacán encabezó la lista con 6,052 millones de dólares, seguido por Jalisco y Guanajuato. Tan solo Morelia captó más de 650 millones de dólares en 2023, lo que equivale a un promedio mensual de 54 millones. Ese flujo económico proviene de los mismos migrantes que hoy son perfilados y criminalizados en las calles de Los Ángeles, Houston o Chicago. Resulta paradójico que quienes sostienen la economía nacional con su trabajo duro sean tratados como sospechosos en el país donde generan esa riqueza.

En México son pocos los políticos que se pronuncian con claridad sobre este tema. Hay excepciones que vale la pena mencionar, como el caso de un alcalde que sí ha mostrado interés en la agenda binacional y en los migrantes: Alfonso Martínez, en Morelia. Su postura no impacta en las autoridades americanas, pero es un recordatorio de que desde lo local también se pueden impulsar políticas de apoyo y tender puentes hacia la diáspora.

Mientras tanto, en Los Ángeles se escribe otra narrativa. Colectivos como el Consejo de Federaciones Mexicanas en Norteamérica (COFEM), encabezado por Francisco Moreno, y el Comité Mexicano Cívico Patriótico, dirigido por la maestra y ex diputada federal michoacana María Elena Serrano, encarnan el verdadero rostro de la resistencia. COFEM agrupa a más de 30 federaciones y clubes en California, Nevada, Utah y Arizona, promoviendo programas de educación, salud y participación cívica que empoderan a la comunidad. El Comité Cívico Patriótico sostiene la identidad mexicana en suelo estadounidense a través de actos cívicos, apoyo comunitario y organización cultural. Son ellos, con sus redes, los que le dan a la comunidad no solo voz, sino dignidad.

Un ejemplo palpable de esa fuerza es el Desfile de la Independencia en East L.A., el segundo más grande de México después del de la Ciudad de México. Con más de 20,000 asistentes cada año y la participación de más de 100 organizaciones, escuelas y clubes de migrantes, este evento no es únicamente un festejo: es un acto de resistencia cultural y un recordatorio de que la mexicanidad trasciende fronteras. Allí, en medio de un clima de redadas y hostigamiento, ondea la bandera como símbolo de pertenencia y de orgullo.

El contraste es claro. De un lado, tribunales que legitiman la persecución. Del otro, comunidades organizadas que defienden sus raíces con trabajo, cultura y resistencia. Y en medio, la obligación moral y política de México de no dar la espalda. Porque el problema no es la migración, el problema es cómo se criminaliza lo que en realidad es esfuerzo, identidad y aporte.

Impuesto a las Remesas: Una Puñalada al Corazón Económico de Michoacán

En un país donde millones viven gracias a la migración, gravar las remesas no solo es un error técnico: es una ofensa moral. Hoy, con preocupación, vemos cómo desde el Congreso de Estados Unidos se impulsa una propuesta para imponer un impuesto del 5% a las remesas enviadas por personas migrantes, incluso aquellas con residencia legal o visas temporales. Se trata de un golpe directo a los hogares que dependen del esfuerzo de quienes dejaron todo atrás para sostener a sus familias desde el extranjero.

Este tipo de medidas no son nuevas, pero sí cada vez más peligrosas. La propuesta —impulsada por el presidente Donald Trump y sectores duros del Partido Republicano— calcula recaudar 22 mil millones de dólares en diez años. ¿A costa de quién? A costa del jornalero, de la madre soltera, del estudiante que envía 100 o 200 dólares para que sus hermanos coman o estudien. Según el Banco Mundial, en 2023 se enviaron 656 mil millones de dólares en remesas a nivel global. Solo México recibió 63 mil 300 millones. Michoacán encabezó la lista nacional, con 5,209 millones de dólares en todo el año.

Es decir: una de cada 12 remesas que llegan a México termina en Michoacán.
Y tan solo en el primer trimestre de 2025, nuestro estado ya recibió 1,269 millones de dólares, por encima de Jalisco (1,250 mdd) y Guanajuato (1,218 mdd).

Estamos hablando de una política que amenaza directamente el ingreso principal de miles de familias michoacanas. Gravar esas remesas significa recortar su gasto en medicinas, en comida, en educación o en vivienda. Significa castigar el esfuerzo de quienes ya pagaron impuestos en EE. UU., como lo ha señalado el propio secretario de Hacienda de México: este impuesto sería una doble tributación, violatoria del Tratado para Evitar la Doble Tributación entre México y Estados Unidos, vigente desde 1994.

Además, se trata de una medida que introduce un criterio fiscal discriminatorio: grava solo a quienes no son ciudadanos estadounidenses, afectando incluso a migrantes con visas temporales o residencia legal. Es una afrenta al principio de equidad fiscal internacional, y una contradicción con la propia legislación interna de Estados Unidos, que prohíbe crear impuestos que distingan por nacionalidad en actividades económicas similares.

Lo más grave es que, mientras allá se cocina esta medida, aquí reina el silencio. Nuestros representantes en la Cámara de Senadores, en la Cámara de Diputados y en los gobiernos estatales, deberían estar ya defendiendo hasta el último centavo de los migrantes michoacanos, y sin embargo, apenas se han pronunciado. Pareciera que, para algunos, la lejanía de los paisanos justifica la omisión.

La comunidad migrante no pide favores. Exige lo justo. Y lo justo es que quienes viven de su representación actúen de inmediato con firmeza política, con defensa jurídica internacional y con presión diplomática. De lo contrario, será el propio Estado mexicano quien le falle a su diáspora.

Desde una perspectiva técnica, este impuesto no solo es inviable y regresivo; es contraproducente. Limitar el flujo formal de remesas incentivará el uso de canales informales de envío, afectando la trazabilidad financiera, debilitando las instituciones del sistema bancario y provocando efectos macroeconómicos negativos tanto para México como para Estados Unidos. El flujo de remesas no solo mitiga la pobreza; es una fuente clave de divisas, inversión comunitaria y estabilidad social.

Reducir el ingreso de los hogares receptores impactará el consumo interno en cientos de municipios mexicanos, profundizando las desigualdades y revirtiendo décadas de integración económica binacional.

Hoy, más que nunca, el mensaje debe ser claro:

Las remesas no son un lujo. Son un derecho ganado con sudor, y deben ser defendidas con todos los recursos jurídicos, económicos y políticos disponibles.

Ahora, la pelota está en la cancha de las autoridades mexicanas. Hay más de 38 millones de personas de origen mexicano en EE. UU. y millones más en el mundo. Defender su esfuerzo no es un gesto, es una obligación.

Nuestros funcionarios tienen una deuda pendiente con la diáspora, y esta es la hora de saldarla. Ya no bastan los comunicados diplomáticos. Lo que se necesita es acción.

Estamos observando de qué están hechos.
Y lo mínimo que pueden hacer… es dar esta batalla por quienes nunca han dejado de sostener a México.

La fuerza de los migrantes organizados: La lección de Colefom

En medio de un clima político complejo, la comunidad migrante mexicana está demostrando que su organización puede derribar barreras. Los clubes de migrantes —esas asociaciones de paisanos en el extranjero, desde Los Ángeles hasta Chicago— han pasado de la nostalgia y las fiestas patronales a influir directamente en la agenda pública. Un ejemplo elocuente es el Colectivo de Federaciones y Organizaciones Mexicanas Migrantes (COLEFOM), cuya reciente actividad binacional mostró cómo la sociedad civil migrante puede lograr avances reconocidos por el Senado de la República y el gobierno federal. Esta experiencia deja una lección clara: cuando hay voluntad y organización, incluso quienes viven las responsabilidades diarias más complejas, como trabajar y salir adelante en otro país, logran impulsar cambios reales.

UNA AGENDA BINACIONAL CON IMPACTO POLÍTICO

Hace unas semanas, COLEFOM coordinó un esfuerzo inédito: un foro transnacional celebrado primero en Los Ángeles y luego en la Ciudad de México, en busca de una agenda binacional por la justicia migrante. Lejos de ser solo eventos simbólicos, estos encuentros unieron a líderes de clubes de migrantes de varios estados (California, Illinois, Georgia, Texas, Arizona, entre otros) con legisladores mexicanos y autoridades estadounidenses. El resultado fue diálogo institucional de alto nivel. De hecho, el pasado 24 de abril el Senado mexicano fue sede de la continuación de este foro, titulado “Compromisos, Retos y Oportunidades”, con la participación de la senadora Amalia García y el propio presidente de la Mesa Directiva del Senador, Gerardo Fernández Noroña. Que el Senado abra sus puertas a los migrantes organizados es un reconocimiento sin precedentes: se está pasando del discurso a la acción, atendiendo propuestas de quienes tradicionalmente eran vistos solo como remitentes de remesas.

En esos foros, la incidencia política de la diáspora quedó manifiesta. Los migrantes plantearon sus preocupaciones directamente a autoridades de ambos países, desde la necesidad de proteger el derecho a la movilidad humana hasta garantizar una reinserción digna en México en caso de deportación. Se habló de trazar rutas comunes frente al endurecimiento de políticas en EUA —recordemos que actualmente se percibe un clima hostil alimentado por el regreso de Donald Trump al poder— pero con una estrategia propositiva, no de confrontación. Esta vez, los migrantes marcaron la agenda: con datos duros en mano y propuestas concretas, conminaron a ambos gobiernos a buscar entendimientos que antepongan la protección de las personas migrantes.

DESARROLLO COMUNITARIO Y COINVERSIÓN: LA EXPERIENCIA DE LOS CLUBES MIGRANTES

La fuerza de los clubes migrantes no solo se mide en foros políticos, sino en décadas de trabajo comunitario. Desde hace años, las federaciones de clubes de oriundos han colaborado para llevar desarrollo a sus comunidades de origen mediante coinversión social. Han construido escuelas, caminos, centros de salud y proyectos productivos en Michoacán, Zacatecas, Oaxaca y muchos estados más, combinando recursos de los paisanos y gobiernos locales en esquemas como el extinto programa 3×1. Estas obras, financiadas con las remesas colectivas de los migrantes, demuestran un compromiso con el desarrollo que trasciende fronteras. No es casualidad que Michoacán haya retomado el primer lugar nacional en recepción de remesas en 2023, con más de 5,600 millones de dólares enviados por sus hijos en el extranjero. Esa inversión de los migrantes en sus pueblos natales ha sido motor de desarrollo local y ahora viene acompañada de exigencias de mayor apoyo institucional.

Durante el foro en el Senado, Efraín Jiménez Muñoz, coordinador general de COLEFOM, recordó que las y los migrantes construyen prosperidad compartidaentre México y Estados Unidos. Dio cifras contundentes: en 2022 los migrantes mexicanos aportaron aproximadamente 76 mil millones de dólares en impuestos y representan cerca del 8% del PIB de Estados Unidos. Además, cada año la diáspora mexicana envía más de 65 mil millones de dólaresen remesas a México. Incluso los migrantes indocumentados contribuyen significativamente: se estima que declaran 120 mil millones de dólares al fisco estadounidense sin recibir beneficios equivalentes.Y en un dato que provoca reflexión, Jiménez señaló que de todo ese dinero enviado a México, hasta un 16% queda retenido en impuestos locales y federales en nuestro país. Los números no mienten: la comunidad migrante es una fuerza económica y social de primer orden, una “extensión de la población mexicana” como ellos mismos la definieron, que exige ser reconocida más allá de discursos.

ORGULLO MICHOACANO MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS

Michoacán, en particular, sabe de este fenómeno mejor que nadie. Se calcula que en Estados Unidos habitan más de cuatro millones de michoacanos de origen, una cifra semejante a la población del propio estado. Es como si existiera otro Michoacán del otro lado de la frontera. Estas comunidades en el exterior no son entes lejanos; siguen profundamente vinculadas a su tierra. Prueba de ello es que Michoacán suele encabezar la recepción de remesas año con año, y que existen numerosas organizaciones y clubes de migrantes michoacanos activos en EE.UU. y Canadá, agrupados en federaciones estatales. Por ejemplo, en Chicago opera la Federación de Clubes Michoacanos en Illinois (Casa Michoacán), y en California y Georgia hay organizaciones similares de paisanos. Varias de ellas se han articulado a través de COLEFOM para tener mayor impacto colectivo. Cuando nuestros migrantes se organizan, su voz resuena desde Los Ángeles hasta Morelia: la reciente agenda binacional impulsada por COLEFOM hizo que los reclamos y propuestas de las y los mexicanos en el exterior fueran escuchados en la Ciudad de México al más alto nivel.

Al reconocer el trabajo de los clubes migrantes organizados, estamos ante un cambio de paradigma. Ya no se ve al migrante solo como alguien que “manda dólares”, sino como un actor político y social con derechos y agencia propia. El Senado mexicano, al abrir espacio a este diálogo transnacional, envió un mensaje potente: la comunidad migrante no es un sector olvidado, es parte fundamental de la nación. Iniciativas como las de COLEFOM evidencian que la distancia geográfica no impide la participación cívica. Si hay voluntad y organización, nuestros paisanos en el extranjero pueden incidir en políticas públicas, promover el desarrollo de sus comunidades y sentarse a la mesa con las instituciones.

En un tono respetuoso pero firme, esta columna hace un guiño de reconocimiento a los clubes de migrantes, los gobiernos tienen un adeudo con la causa migrnate. Sus integrantes trabajan jornadas largas, mantienen a sus familias a miles de kilómetros y aun así se dan tiempo para organizarse por el bien común. Su labor es doblemente meritoria. COLEFOM y las federaciones de migrantes nos enseñan que la ciudadanía trasnacional es una realidad: la patria no termina en la frontera, y los cambios también se logran desde fuera. Que estos esfuerzos sigan creciendo depende en buena medida de que sigamos visibilizando su importancia. Hoy, la voz migrante suena más fuerte que nunca; escuchémosla y reconozcamos en ella una fuente de orgullo y progreso compartido.

 

Nuevos aranceles de EE.UU: Consecuencias para los migrantes mexicanos y la respuesta de México

Los recientes aranceles impuestos por Estados Unidos bajo una política de “tarifas recíprocas” están diseñados para igualar los impuestos de importación con los de otros países, afectando gravemente a sectores clave de la economía global. Aunque México y Canadá han sido exentos de los aranceles generales, enfrentan tarifas específicas, incluyendo un 25% adicional sobre bienes que no cumplen con las reglas de origen del T-MEC, así como sobre acero, aluminio y vehículos de Norteamérica.

Este aumento tarifario implica un duro golpe para industrias importantes como la automotriz y la metalúrgica, incrementando significativamente sus costos y poniendo en riesgo una parte considerable del comercio bilateral. Más de la mitad de las exportaciones mexicanas a EE.UU., que representan el 83% del total de las exportaciones de México, están afectadas por este cambio, poniendo en jaque la estabilidad económica de muchas familias mexicanas, incluidas las de los migrantes que dependen de la solidez de estas industrias.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha proyectado que la economía mexicana podría entrar en recesión debido a estos aranceles, con una contracción del PIB del 1.3% en 2025 y del 0.6% en 2026. Los efectos de una recesión no sólo se sentirían a nivel macroeconómico, sino que impactarían directamente a los trabajadores y sus familias, aumentando la presión migratoria hacia Estados Unidos como una alternativa ante la falta de oportunidades locales.

Los sectores automotriz y agroindustrial, esenciales para muchos migrantes mexicanos, enfrentan un futuro incierto. Los vehículos y autopartes que tradicionalmente disfrutaban de libre comercio bajo el T-MEC ahora podrían enfrentarse a un arancel punitivo de hasta el 25%. Esta situación amenaza no solo con disminuir la producción y exportación, sino con reducir el empleo en regiones como el Bajío y el norte de México, áreas que han prosperado gracias a la integración automotriz con EE.UU.

En el sector agrícola, aunque los productos están protegidos por el T-MEC, cualquier deterioro en la relación comercial podría provocar una reducción en las exportaciones agroalimentarias, afectando directamente los ingresos de los productores y potencialmente aumentando la migración interna y hacia Estados Unidos. Históricamente, las crisis en el campo mexicano han empujado a muchos a migrar, y un aumento en los aranceles podría revivir esta dinámica.

Ante esta situación, México ha adoptado una estrategia de diálogo y cooperación. Bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, México ha buscado negociar y posponer la imposición de aranceles, enfocándose en fortalecer la seguridad fronteriza y tratar de combatir el tráfico de fentanilo, una medida que ha sido bien recibida aunque las amenazas de tarifas persisten.

A largo plazo, la respuesta de México frente a estos desafíos debe centrarse en la defensa de sus intereses nacionales, sin descuidar la importancia de mantener una relación cooperativa con Estados Unidos. El T-MEC sigue siendo un pilar clave en esta estrategia, proporcionando un marco legal para disputar tarifas injustas y proteger los sectores afectados.

El futuro de la relación comercial entre México y EE.UU. es incierto, pero lo que está claro es que debe prevalecer una estrategia que proteja a los más vulnerables, especialmente a los migrantes que dependen de la estabilidad de ambos países. Es esencial que México continúe posicionándose como un socio confiable y preparado, capaz de defender sus intereses sin escalar tensiones innecesarias. La habilidad para navegar esta compleja dinámica definirá no solo el futuro económico de México, sino también el bienestar de sus comunidades migrantes, asegurando que los esfuerzos de hoy fortalezcan las bases para un mañana más próspero y justo para todos.