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Entre la piel y la cultura: Habitar la sexodisidencia.La complicidad de lo dicho 

YTAguilar

Hay días en los que el ruido del discurso se vuelve más evidente que el contenido de lo que se dice. No porque falten voces, sino porque sobran enunciados sin elaboración crítica, opiniones que circulan con facilidad y se desentienden de su impacto.

Hay una forma de hablar que no nace del conocimiento, sino de la necesidad de ocupar espacio. No importa lo que se dice, sino el hecho de decirlo, como si la voz fuera suficiente para garantizar presencia o autoridad.

En muchos casos, este gesto aparece con mayor frecuencia en hombres, no como esencia, sino como un patrón cultural sostenido: una pedagogía del protagonismo atravesada por el machismo y por un narcisismo socialmente tolerado y reproducido.Una necesidad de enunciar incluso sin comprensión, como si hablar sustituyera la responsabilidad de entender.

No es exclusivo de un solo grupo, pero sí más visible en masculinidades autorizadas históricamente a opinar sin rendir cuentas. A la vez, no opera de forma aislada: se filtra y se reproduce en distintos cuerpos sociales. En muchos casos hombres, heterosexuales o no; en otros, mujeres y disidencias que, atravesadas por estas mismas estructuras, se adaptan a sus códigos como forma de pertenencia o validación.

Lo que circula no es solo discurso, sino la forma en que se vuelve aceptable.

En el campo del arte esto se vuelve evidente. Muchas veces, la complejidad de una obra se reduce a una reacción inmediata: me gusta o no me gusta. Esa reacción sustituye el proceso de lectura, y lo que debería implicar capas de interpretación se convierte en una respuesta automática. Bajo esta lógica, trabajos con múltiples niveles de sentido pueden ser descartados o celebrados sin comprensión real.

Este patrón también aparece en producciones culturales vinculadas a la disidencia sexual y de género. En algunos casos, ciertas propuestas adaptan lenguaje, estética o humor a códigos heteronormadospara ganar circulación dentro de marcos que no nacen de sus propias experiencias. Así, incluso dentro del arte, se reproducen formas pensadas para ser legibles desde afuera más que desde las vivencias que las originan.

El punto no es señalar culpa, sino reconocer un mecanismo: cuando la validación depende de ser aceptable para estructuras dominantes, se refuerzan marcos que violentan, limitan o condicionan lo que se intenta expresar.

Este proceso no ocurre solo en el arte. Se intensifica en la comunicación y los medios, especialmente en redes sociales y televisión de consumo masivo, donde las narrativas se amplifican y se vuelven aceptables.

Ahí no importa solo lo que se dice, sino quién lo dice y desde dónde. Son masculinidades hegemónicas las que ocupan con mayor fuerza el espacio público, hablando sin responsabilidad y reduciendo temas complejos a opiniones inmediatas que circulan sin consecuencias.

Los medios no son neutrales: seleccionan y reproducen estas formas de enunciación. En ese proceso, discursos que simplifican o deshumanizan no solo se difunden, sino que se normalizan y violentan.

El problema deja de ser lingüístico y se vuelve estructural: cuando ciertos modos de nombrar experiencias, particularmente dentro de la diversidad sexual y de género, se presentan de forma estigmatizante o reducida, no son errores aislados, sino parte de un sistema de producción y legitimación del discurso que los medios, las masculinidades hegemónicas y las dinámicas sociales reproducen y normalizan; se instauran violencias socialmente toleradas.

Estas formas no se quedan en lo simbólico. Circulan sin responsabilidad y generan un clima donde la deshumanización se vuelve cotidiana, donde la violencia aparece como broma, corrección o comentario aparentemente inofensivo, y en otros casos abiertamente ofensivo, pero aceptado como normal.

 

Nada de esto es accidental ni neutro. Es una forma de organización del discurso con efectos concretos sobre lo que una sociedad considera aceptable o defendible.

Cuando las masculinidades hegemónicas ocupan el espacio público sin responsabilidad y cuando otros cuerpos sociales, incluidas mujeres y disidencias, reproducen o se adaptan a esos códigos, se sostiene una estructura de legitimación y complicidad de la violencia.

En ese marco, lo LGBT+ no es abstracto: son vidas afectadas directamente por la forma en que se nombra y representa su existencia.

La cultura hegemónica no solo prohíbe: normaliza. Convierte violencias en humor, corrección o comentario menor, y esa aparente inocencia permite su expansión.

No hay neutralidad posible. O se reproducen estos discursos, o se interrumpen.

Nombrar con responsabilidad no es moralismo, sino una forma de disputar las condiciones que hacen posible la violencia cotidiana.

Porque lo que se normaliza en el discurso define lo que una sociedad tolera en la realidad. Lo que se dice, crea condiciones de vida, formas de existencia.

Y en este punto, no se trata de creencias ni discursos vacíos, se trata de vidas.

 

Yere Tony Aguilar (Juan Antonio Aguilar López, 1991). Integrante de PRIDE Michoacán A.C. artista escénico transdisciplinario, formado en artes escénicas, y activista LGBT+. Su trabajo vincula cuerpo, comportamiento y comunidad en diálogo con las ciencias sociales. Ha desarrollado obra escénica, escrita y audiovisual en diversos contextos dentro y fuera de México, y ha impartido conferencias sobre procesos colectivos.

Pride Michoacán

Pride Michoacán

Organización de defensa y promoción de derechos humanos para la diversidad sexual. Integrante de la Alianza Nacional de Marchas LGBT+ México. Comité Organizador de la Marcha del Orgullo LGBTTTIAQ+ en Morelia.

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