Hubo una época en que las juventudes mexicana se rebelaba con claridad. El 68 cuestionó al régimen con la fuerza de la calle, el 88 encontró en la democracia su bandera, incluso el 2000 tuvo una generación que se asumía como el relevo de un sistema agotado.
Hoy, esas causas parece ausentes.
Las generaciones actuales han sido educadas en la lógica de la beca, el subsidio y el like. Se le reconoce como beneficiaria de programas sociales, pero no como sujeto político. Se le convoca a llenar plazas y aplaudir consignas, pero no a construir proyectos ni a pensar futuro. La juventud, en vez de ser motor de transformación, ha sido reducida a clientela electoral.
La oposición tampoco ha sabido encontrarlos. No hay narrativas frescas, ni propuestas que seduzcan a quienes hoy tenemos entre 18 y 29 años. Solo clichés, las mismas personas, discursos reciclados y promesas vacías. Ningún partido ha logrado convertir el hartazgo juvenil en movimiento.
El resultado ya tangible es preocupante, una generación sin causa política propia, atrapada entre el conformismo de los apoyos y el vacío de alternativas. Una juventud que participa en encuestas, pero no en debates, que opina en redes, pero no en las urnas; que se organiza para el entretenimiento, pero no para la incidencia.
El riesgo es evidente y cada vez mas cerca, un país sin juventudes comprometidas políticamente es un país condenado a reciclar los mismos liderazgos de siempre, y peor aún, es un país que renuncia a imaginarse distinto. Gatopardismo le llaman algunos autores.
El reto es recuperar la idea de que las juventudes no son un mercado, sino una fuerza, y que no basta con darles apoyos, hay que darles voz y voto, porque cuando las juventudes no encuentran causa, la política pierde futuro.





Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!