El 4 de marzo no es una fecha cualquiera.
Son 97 años de historia política, de construcción institucional, de errores monumentales y de grandes decisiones que marcaron el rumbo del país. De hegemonía, de crisis y de reinvención.
El PRI no es solo un partido, es parte de la arquitectura política del Estado Mexicano. Negarlo sería desconocer la historia Nacional.
Pero cumplir 97 años no es motivo automático de celebración. Es una prueba.
llegar a esta edad, en las condiciones actuales, obliga a algo más que discursos conmemorativos. Obliga a una conversación, hasta cierto punto incómoda.
El PRI nació para darle estabilidad a un país fragmentado. Supo articular regiones, ordenar la competencia política y construir instituciones cuando México necesitaba estructura. Su fortaleza estuvo en entender que el poder debía organizarse, no improvisarse.
Ese fue su momento fundacional.
Hoy el escenario es otro. La competencia es real, la ciudadanía es más exigente y el descrédito hacia la política es profundo. En ese contexto, el PRI enfrenta la pregunta más difícil: ¿qué significa existir en 2026?
No basta con apelar a la historia, no alcanza con la resistencia y no es suficiente con sobrevivir.
Un partido con 97 años tiene derecho a equivocarse, pero no tiene derecho a perder su sentido.Y aquí es donde la crítica no puede confundirse con traición. Señalar errores no debilita, fortalece. Callar por comodidad sí debilita.
El PRI ha cometido errores graves. Se desconectó del territorio, se burocratizó, dejó de escuchar y, en algunos momentos, confunde disciplina con silencio.
También ha cometido un error más reciente, resolver sus diferencias en público mientras exige disciplina en privado. Esa contradicción desgasta más que cualquier ataque externo.
Eso pasó. Y no sirve negarlo.
Pero también es cierto que el partido ha demostrado algo que pocos pueden presumir; capacidad de adaptación. Ha sido oposición, ha sido gobierno, ha sido árbitro y ha sido contendiente. Ha sabido reorganizarse cuando parecía derrotado.
La pregunta hoy no es si el PRI debe desaparecer o resistir. La pregunta es si está dispuesto a reencontrarse con su vocación.
Unidad no significa unanimidad, unidad no significa simulación, unidad no significa renunciar al debate interno. Unidad significa asumir que el adversario no está dentro.
Alejandro Moreno encabeza hoy la dirigencia nacional en un momento complejo. Y los momentos complejos no se resuelven con discursos cómodos, sino con decisiones estratégicas. El tamaño del reto no es personal; es histórico.
Nuestra generación no tiene derecho a administrar la nostalgia; tiene la obligación de reconstruir credibilidad. No se heredó un partido para conservarlo intacto, sino para hacerlo competitivo en un entorno que ya cambió.
A 97 años de su fundación, el PRI tiene una última gran oportunidad; decidir si quiere ser espectador del reacomodo político nacional o protagonista de su propia reconstrucción.
Pero esa reconstrucción no vendrá solo desde la dirigencia. Vendrá desde los estados, desde los comités municipales, desde la ciudadanía, y sobre todo desde la militancia que sigue creyendo que este partido puede ser una opción real.
El 4 de marzo no será solo una ceremonia, será un punto de inflexión.
Los partidos no mueren por los ataques externos, mueren cuando dejan de corregirse a tiempo.
A los 97 años, el PRI no necesita aplausos.Necesita carácter.
Y el carácter, en política, no se declama, se demuestra.
La historia ya está escrita. El futuro todavía exige decisiones.

