Hay momentos en la historia de los países en los que la pregunta deja de ser quién gobierna y pasa a ser si todavía existe forma de cambiar al gobierno. Cuando esa frontera se cruza, la democracia no muere de golpe, se vacía. Se convierte en una simulación.
Venezuela no solamente cayó en dictadura con tanques en la calle ni con la cancelación inmediata de elecciones. Cayó con reformas “legales”, con mayorías legislativas disciplinadas, con tribunales alineados y con órganos electorales gradualmente domesticados. El poder no se tomó por asalto, se administró hasta no soltarlo jamás.
Ese es el punto que muchos prefieren no mirar. Las democracias modernas no se destruyen prohibiendo votar, sino neutralizando la posibilidad real de alternancia. Cuando el árbitro deja de ser árbitro, cuando los jueces dejan de ser contrapeso y cuando los órganos autónomos se vuelven extensiones del Ejecutivo, el voto sigue existiendo, pero ya no decide.
En ese contexto surge una pregunta incómoda, cada vez más frecuente entre profesionistas, juventudes, sector empresarial, academia y personas políticas: ¿cómo no irse?
No irse del país, no irse de la vida pública, no irse de la discusión, no irse del compromiso cívico.
Porque irse es la salida fácil.
Irse es comprensible, pero también es costoso.
Cada persona que se retira deja un espacio que el poder ocupa sin resistencia.
México no es Venezuela. Aún no.
Pero las similitudes estructurales existen y negarlas es irresponsable: intentos de captura del sistema electoral, presiones sobre el Poder Judicial, debilitamiento de organismos autónomos y una narrativa persistente que presenta a cualquier contrapeso como enemigo del “pueblo”.
La democracia no se pierde el día que se elimina una institución, sino el día que dejamos de defender su autonomía por cansancio, miedo o conveniencia, y cuando eso ocurre, ya no hay rutas legales claras para corregir el rumbo, solo queda administrar la resignación.
Por eso la pregunta correcta no es si el país “aguanta”.
La pregunta es quién está dispuesto a no irse cuando defender la democracia deja de ser cómodo.
No irse significa incomodar.
No irse significa documentar, señalar, organizar, litigar y participar.
No irse significa entender que la democracia no es un regalo permanente, sino un equilibrio frágil que requiere ciudadanía activa, no espectadores indignados.
Las dictaduras no se consolidan solo por la ambición de quienes gobiernan, sino por el retiro silencioso de quienes podrían haber puesto límites.
Y cuando el día llega en que ya no hay cómo sacarlos del poder, siempre hay una frase que se repite tarde:
“No creímos que fuera a pasar.”
La historia demuestra que sí pasa.
La pregunta es si esta vez estaremos dispuestos a no irnos antes.
Gracias amable lector por leer otro año el análisis, propuesta, crítica y visión de este analista, México es tarea de todas y todos.





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