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El país que empieza de nuevo cada seis años

Hay una costumbre muy mexicana que pocas veces cuestionamos: cada seis años creemos que el país debe empezar de nuevo. Cambian los programas públicos, las prioridades, los proyectos de infraestructura e incluso el lenguaje con el que describimos los mismos problemas. Lo que una administración considera indispensable, la siguiente suele modificarlo, sustituirlo o simplemente dejarlo atrás. Basta mirar la cantidad de proyectos de infraestructura, planes de desarrollo o estrategias nacionales que cambian de nombre, de prioridades o simplemente desaparecen con cada sexenio. Nos hemos acostumbrado tanto a ese ciclo que parece una consecuencia natural de la democracia. Pero quizá sea una de las razones por las que nos cuesta tanto construir un proyecto de país de largo plazo.

Hace unos días escuché una idea que me hizo pensar: hay asuntos que pertenecen a los gobiernos y otros que pertenecen al Estado Mexicano. La diferencia parece sutil, pero quizá explica por qué nuestro país tiene la sensación de empezar de nuevo cada seis años.

Un gobierno federal tiene un mandato temporal. Llega con una agenda, impulsa determinadas políticas públicas y, tarde o temprano, concluye su periodo. El Estado, en cambio, permanece. Representa aquello que trasciende a cualquier administración: las instituciones, la soberanía, el territorio y los intereses permanentes de una nación. Mientras los gobiernos cambian, el Estado debería mantener el rumbo en los temas que definirán el futuro del país.

El problema surge cuando confundimos ambas dimensiones. Entonces empezamos a tratar asuntos estratégicos como si fueran proyectos sexenales. La infraestructura, el agua, la política energética, la educación, la ciencia, la seguridad o la competitividad dejan de responder a una visión de largo plazo y comienzan a depender del calendario electoral. Cada administración busca imprimir su sello, pero con demasiada frecuencia también rompe la continuidad de lo que recibió o lo que ya venía funcionando.

Las democracias necesitan alternancia. Cambiar de gobierno es saludable porque permite corregir errores, renovar liderazgos y ofrecer distintas visiones sobre cómo enfrentar los problemas. Empero, una cosa es cambiar de gobierno y otra muy distinta cambiar de país cada seis años. Existen decisiones que deberían estar por encima de cualquier diferencia política, no porque sean propiedad de un partido, sino porque pertenecen al interés nacional.

Las naciones que han logrado transformaciones profundas entendieron hace tiempo esa diferencia. Corea del Sur pasó, en apenas unas décadas, de ser uno de los países más pobres del mundo a una potencia tecnológica. No fue resultado de un solo gobierno, sino de una visión de Estado que sobrevivió a distintos liderazgos y mantuvo el rumbo en temas estratégicos como la educación, la innovación y el desarrollo industrial. Su transformación no ocurrió en un periodo presidencial, sino a lo largo de una generación. Construir instituciones sólidas exige paciencia, continuidad y la capacidad de pensar más allá de la siguiente elección.

Quizá uno de los mayores desafíos de México no sea únicamente elegir buenos gobernantes, sino definir cuáles son esos temas que nunca deberían depender del resultado de una elección. Si aspiramos a un país más competitivo, más seguro y con mejores oportunidades, tendremos que construir acuerdos y presionar como sociedad para que sobrevivan a los sexenios.

Porque, al final, la pregunta no es qué hará el próximo gobierno.

La verdadera pregunta es… qué estamos dispuestos a mantener, sin importar quién gobierne, para que México deje de empezar de nuevo cada seis años.

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Jorge Osnaya González

Jorge Osnaya González

Lic. en Derecho con estudios en Gerencia Pública y Política Social. Asesor Parlamentario en el Congreso de Michoacán y Miembro del Colegio de Abogados.

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