Durante años, se nos repitió que el “pueblo sabio” no se equivoca. Que su voluntad es sagrada, su palabra incuestionable y su voto suficiente para legitimar cualquier decisión. El resultado, previsible pero peligroso, es que hoy vivimos en un país donde el mandato popular ha sido usado como blindaje para el poder absoluto.
La narrativa es simple, si el pueblo votó por mí, entonces todo lo que hago tiene justificación moral, legal y política; en nombre del pueblo. Esa lógica, que seduce por su aparente pureza democrática, en realidad niega los principios básicos de una república pluralista; el disenso, la deliberación y el contrapeso.
Hoy, cualquier voz crítica es desechada como “conservadora”, “elitista” o “vendida”. El debate público ha sido reemplazado por un coro disciplinado donde el desacuerdo ya no se tolera, se descalifica. La legitimidad electoral se ha convertido en licencia para gobernar sin límites, sin matices y sin diálogo.
El problema no es que haya un gobierno fuerte. El problema es que esa fuerza ya no se somete a revisión, mientras ell “pueblo sabio” se ha vuelto el gran argumento para el silencio institucional, los órganos autónomos son estorbos, la prensa crítica es enemiga, los académicos son burócratas intelectuales, y las oposiciones … bueno.
Esta lógica no es nueva. En el siglo XX mexicano también se invocaba “la voluntad del pueblo” para justificar todo, desde expropiaciones forzadas hasta reelecciones encubiertas. Pero al menos entonces había una narrativa institucional que intentaba equilibrar la fuerza con la forma. Hoy ni eso.
Quienes disienten no cuestionan al pueblo, sino a la forma en que su voluntad está siendo usada como escudo. Gobernar con legitimidad no es lo mismo que gobernar sin contrapesos. El poder, por legítimo que sea, necesita límites, vigilancia y crítica. De lo contrario, deja de ser democrático y se convierte en obediencia ciega.
En nombre del pueblo sabio se han cerrado espacios, ignorado reclamos y despreciado voces. No hay que esperar a que sea tarde para recuperar lo que nunca debimos perder, la libertad de disentir sin ser acusado de traidor, en pocas palabras, la libertad.



